¿Dónde está tu hermano? La memoria de El Gallo y Joaquín sigue viva

¿Dónde está tu hermano? La memoria de El Gallo y Joaquín sigue viva

El 20 de junio de 2022, en la comunidad de Cerocahui, en la Sierra Tarahumara, unos hombres armados entraron al templo mientras agredían a un guía de turistas, Pedro Palma. Este fue asesinado dentro del templo.

Ante la violencia y el dolor, los sacerdotes jesuitas Javier Campos, mejor conocido como “El Gallo”, y Joaquín Mora salieron al encuentro de su hermano. Ese gesto les costó la vida. Javier y Joaquín fueron asesinados por el crimen organizado; su delito fue socorrer a un hermano en peligro.

Estos hombres dedicaron su vida a estar y acompañar al pueblo rarámuri y rarómari, pueblos indígenas de la Sierra Tarahumara que viven en condiciones de marginación y pobreza.

Han pasado cuatro años desde que este pueblo no solo perdió a sus sacerdotes; perdió también a sus amigos, a esos hombres que supieron compartir con ellos el hambre, el frío y el cansancio. Dos hombres que dejaron su corazón en cada barranca y en cada vereda entre los pinos; dos hombres que supieron saborear y disfrutar la vida sencilla de los pueblos originarios. Su único deseo era que su pueblo, el pueblo tarahumara, tuviera una vida mejor: una vida digna y justa, donde nadie padeciera hambre, frío o enfermedad.Fueron hombres que entregaron su vida día tras día, haciendo posible que la realidad fuera distinta desde lo sencillo y cotidiano de una comunidad indígena.

A cuatro años de su asesinato, la Tarahumara sigue con una herida abierta. Herida por la violencia del crimen organizado, que les arrebata la vida de padres, madres, hijos y amigos. Herida que continúa expandiéndose por las situaciones injustas que viven al sufrir la carencia de médicos y medicamentos en sus comunidades y que, al no encontrarlos, los obliga a caminar durante horas para recibir atención. Herida por el hambre provocada por las sequías constantes y la falta de agua potable. Herida por la discriminación que padecen por no hablar español con fluidez y por ser indígenas.

La Tarahumara sigue llorando porque hace cuatro años perdió a dos amigos que vivían entre ellos y eran uno más de la comunidad, hombres que nunca fueron ajenos a la vida de sus hermanos.

Hace cuatro años, dentro de aquel templo, fueron sembradas dos semillas de esperanza, regadas con su propia sangre. Esas semillas hoy están dando frutos: frutos sencillos de paz y comunidad; frutos que nos hacen volver la mirada hacia el hermano que camina junto a nosotros. Frutos que tienen una voz que nos interpela, una voz que nos invita a escucharlo y a sentir con él, con ella.

La muerte de El Gallo y de Joaquín nos recuerda que en este mundo no caminamos solos; que hay hermanos y hermanas que sufren, y que en su voz resuena la voz de Dios que nos dice: «Tengo hambre, tengo sed, soy forastero». La muerte de El Gallo y de Joaquín nos invita a levantar la mirada para ver a esos hermanos y hermanas. Han pasado cuatro años y seguimos aprendiendo a ser hermanos de verdad, no solo de palabra; hermanos capaces de compadecerse y salir al encuentro del otro, como ellos lo hicieron con Pedro Palma.

Que el asesinato de estos dos hombres despierte nuestra conciencia y abra nuestros ojos para escuchar y reconocer el dolor de quienes caminan junto a nosotros.

Texto: Aldo Nehemías Hernández Hernández, SJ.